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La Llegada del Saint Fran y su Misteriosa Carga: Un Buque Alienígena en Dock Sud - Capítulo IV

La Llegada del Saint Fran y su Misteriosa Carga: Un Buque Alienígena en Dock Sud - Capítulo III


Por: Grisse.E.


CAPITULO III


Anselmo observó desde su ventana el cambio de color resplandeciente en el puerto de Dock Sud, donde hasta el aire se tornó diferente. Lo notó. 

Pero no le dio mayor importancia.


          Si todavía no leíste cómo empezó todo, te dejo los capítulos anteriores:
            
👉   La Llegada del Saint Fran y su Misteriosa Carga: Un Buque Alienígena en Dock Sud - Capítulo I

           👉  La Llegada del Saint Fran y su Misteriosa Carga: Un Buque Alienígena en Dock Sud - Capítulo II



Anselmo. Siempre fue un rival de Egidio y un hombre extremadamente desconfiado.

Tenía un sentido del humor particular. Engrandecía los errores ajenos y hasta se burlaba de ellos. Veía el mundo a través de una pobre ventana: quien no tenía poder, no tenía valor.


Medía el valor de las personas por sus logros. No le interesaba otra cosa.


Cuando le llegó el chisme de la llegada del buque alienígena mediante su espía, la mosca Berta, sintió un poco de bronca... ¿cómo no vio llegar el Saint Fran? "Me durmieron", pensó.


Totalmente sorprendido y descolocado, recibió el llamado que no se esperaba: el Clérigo, dueño del cargamento.


—Hola Anselmo. Quisiera contratar los servicios de descarga, y lleva por favor los elementos de medición y limpieza. Esta tarde se hará la operación por orden del Capitán. Te espero. Adiós.


Esa misma tarde, puntual, Anselmo llegó al muelle donde estaba amarrado el Saint Fran. El Capitán dejó la planchada lista para que pudiera subir a bordo.


Llegada de Anselmo al Saint Fran en Dock Sud.
                       Imágen: Leonardo A.I.


A diferencia de Egidio, Anselmo no vio las grandes esferas doradas, ni el amplio pasillo, ni la mesa con el café expreso listo para aprovechar la merienda.
Ante él, el buque era un buque común sin más, con pasillos típicos de un barco de carga.
Y justamente, era su corazón carente de sentimiento lo que no le permitía ver "otras cosas".


La alegría del Capitán se hizo presente cuando el mono Tonino apareció de repente, ofreciéndole a Anselmo una manzana bien roja:


—Mmm... ¿Y questo? —preguntó Anselmo, arqueando una ceja—. ¿Una manzana? - dijo despectivamente.


El mono le sostuvo la mirada con seriedad frunciendo un poco el seño a modo de intimidación e imitación. Y luego, sin apartar la mirada de él, le extendió también una servilleta bordada con hilos dorados que decía en latín: “Si la mordés te sincerás.” 🙊



Anselmo dudó. Miró al Capitán alienígena, que se encogió de hombros como diciendo “yo que vos no la muerdo, pero... hacé lo que quieras”.


—¿Es broma esto? —bufó Anselmo, nervioso por haber conocido al Capi alienígena—. ¿Una manzana terapéutica? Jaa... ¿Y qué sigue? ¿Un kiwi revelador? - dijo, mostrando antipatía y seguridad al morderla, aceptando el chiste.


Tornándose un poco más serio el aire, pero distendido, el Capitán se presentó:


—¡Buongiorno-to! Siamo Saint Fran. —dijo con enérgica alegría.


Anselmo, un poco atemorizado y desconfiado de la tarea que se le asignó, ya empezando a dudar por el simple hecho de desconocer de qué carga se trataba, sintió un bloqueo mental y se le empezó a quebrar la voz.


Observó el semblante alegre de ese Capitán venido de tan lejos, con su sentido de paz totalmente desconocido para él y, solo un poco, su malestar se calmó.


—¡Ciao Capitán! Io sono Anselmo... grande boss de Docke Sud, molto importante, ¿capisci?.—dijo con un hilo de voz. Tonino, el mono quedó paralizado, para luego de un breve silencio, devolverle:


—Il mio nome é Tonino, e sono il capo delle banane! —dijo jugando un poco a ser él, imitándolo. 

Luego, el mono hizo sonar un pequeño gong de mano y se retiró dignamente por un pasillo, como si acabara de dar comienzo a una ceremonia ancestral de sinceramiento portuario.


Tonino mirando el río de la Plata

                       Imágen: Leonardo A.I.

                                                            
Anselmo quedó con la manzana en una mano, la servilleta en la otra y una incomodidad creciente en el alma, siendo que era el primer encuentro con el buque. 


Sabía que algo se le estaba gestando... pero aún no sabía si era espiritualidad o acidez.

Pensó para sí:
"Vamos a terminar rápido con este balurdo". En un tosco lunfardo*.


* Lunfardo: vocabulario popular urbano, rioplatense. Originado a principios del siglo XX, cuando los inmigrantes comenzaron a llegar a la Argentina.

En el texto, "balurdo" significa lío o desorden.


Y acercándosele el Capi, como leyendole la mente, le ordenó:

Anselmo: non scaricheremo-to una sola gocciaa finché non mi mostrerai i risultati-ti dell'analisi della linea*. —le explicaba en tono serio y amable, con su semblante alienígena y una auténtica sonrisa.


*Traducción: Anselmo, no vamos a descargar ni una gota hasta que me muestren los resultados de los análisis de las líneas (de descarga).


Anselmo lo miró de reojo mientras se puso el resto de la manzana que estaba por comer en el bolsillo, pensando "ya empezó la guerra". Luego sacó una libreta y escribía algo ilegible, que usaba más para aparentar autoridad que para anotar en serio.


Anselmo, su manzana, con Capitán

                          Imágen: Leonardo A.I.                 

                                                                  
—¿Usted desconfía de mis métodos, así sin previo aviso? —preguntó Anselmo, con el tono ofendido de quien se había preparado con un curso online de solo cuatro horas, hace varias décadas atrás.

—Desconfío de todo lo que no venga del futuro.
—¿Perdón?
—Lo que oyó. Vengo de 2163 y desde otro mundo. Allá usamos drones psíquicos para testear las líneas. Usted per favore... usa todavía cintita adhesiva y un encendedor.

Ojo del futuro- Capitan y Anselmo.

                        Imágen: Leonardo A.I.
                                                              
Anselmo soltó una tos fuerte y nerviosa, para disimular el asombro. 

El Capitán, sin embargo, hablaba en serio. 

Sacó de su abrigo una pequeña esfera que titilaba como un ojo mecánico.

—Esto es un Ojo del Tiempo. Dice que en sus líneas hay rastros de azafrán y soda cáustica, cosa molto rara. Incompatible con la nostra carga, que debe llegar pura come... un alma recién confesada.— dijo en tono elocuente el Capitán, como quien quiere ayudar y enseñar al mismo tiempo, a quién no tiene conocimientos sólidos ni herramientas, como Anselmo a pesar de su extravagante arrogancia.


Mientras tanto en tierra, Egidio sentía una revolución emocional y nostálgica. Había estado toda la mañana acondicionando el galpón de Avellaneda, para que la carga no sufriera ningún "incidente", por orden de la autoridad local.


Egidio ya no era el mismo.


Desde que se le había encomendado la custodia de la carga, algo dentro de él había cambiado: cerraba puertas con doble llave, tenía ansiedad e insomnio, y hasta un llanto implosivo lo invadía recordando a su nonna y su pasado, como en un cruce... un umbral hacia un portal nuevo y humano.


Un anciano de barba larga y camiseta del Club Sportivo Dock Sud lo interrumpió al salir:


—¿Buscás entender la fe y la humildad, nene? Tenés que volver al 2024. Allá se compartía el mate, las facturas, y se guardaban los fideos en frascos de vidrio con etiquetas. ¡Eso era humildad genuina! No como ahora, estamos tan "contaminados"...


Egidio asintió con solemnidad, con un gesto en su cara dándole la razón.


—Debería hacer el viaje —obviamente, un delirio.


Subió al vehículo y volvió al muelle a bordo del Saint Fran, a presenciar la descarga. 

A bordo, se encontró con Anselmo, quien revisaba meticulosamente las líneas de descarga, que efectivamente contaban con algo de azufre y soda cáustica.


—Mmm...Tendré que ir a buscar los productos de limpieza. Vuelvo en seguida. —dijo Anselmo, lamentándose ruidosamente y acordándose del pedido del Clérigo. Y del Clérigo... como quien recuerda el dolor de una muela encariada.


El Capitán invitó luego a Egidio a compartir el expreso, dieron los cinco pasos y se abrió la mesa familiar, con panes caseros y aroma a café recién hecho, en una escena típica de un pueblo italiano.


La operación fue limpia, como el alma que describía el Capitán.
Las líneas fueron purificadas y los tanques aceptaron el contenido dorado sin chistar.


Antes de irse, el Capitán hizo sonar un pequeño silbato que trajo una suave brisa de jazmines. Tonino, con sombrero de paja y un delantal, ofrecía limoncellos en vasitos de cristal, impecables.


Anselmo, con los labios apretados, aceptó uno. Lo miró. Lo olió. Y finalmente dijo:


—Así que Humildad... con un dejo de Fé. Interesante.


Egidio se retiró, desde la escalerilla miró el muelle. Sostenía en su mano un frasco vacío que le había dado el Capitán hacía unos instantes, con una etiqueta que decía: “Fé”.
—Por ahora, tenélo.— le dijo.


Al regresar al depósito, el viejo de la camiseta del Docke ya no estaba. 


Egidio y frasco vacío, de Fé.

                       Imágen: Leonardo A.I.
                                                           
Tanto Anselmo como Egidio, ambos sabían que algo había cambiado en ellos después de la descarga, pero no se lo decían ni a sí mismos aún.


Solo uno iba a animarse usar y probar esa carga... como producto de mercado o simple experimento personal.


El día siguiente prometía fiesta. Y tal vez, una pizca de adulteración.



📦 Lo que se descargó no era solo carga… Era Fe, Humildad… y una pizca de algo que no todos recuerdan. 

⚓ ¿Y vos? ¿Te animarías a aceptar una manzana del mono Tonino? Dejáme un comentario 😊


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