El tiempo que no apura
Hay lugares que no tienen nada extraordinario… y sin embargo, nos invitan a quedarnos.
Una mesa de plástico, un mate que va y viene, alguien que pasa y saluda.
En los clubes de barrio, el tiempo no corre: se estira.
Nadie está apurado por irse, y tampoco parece necesario hacer algo en particular.
Quizás por eso, sin darnos cuenta, volvemos.
En un mundo donde todo empuja a hacer, producir, responder, avanzar, estos espacios parecen quedar al margen.
Ahí, la vida es más simple.
Más humana.
Me gusta pensar que en esos lugares vive algo que en otros se fue perdiendo: la posibilidad de estar y compartir sin tener que justificarlo.
Y, de alguna manera, eso conecta con algo que siempre me llamó la atención de Italia: esa forma tan natural de habitar el tiempo.
Ese es, para mí, el sentido del Dolce Far Niente.
Algo cotidiano.
Sentarse, mirar, conversar, dejar pasar la tarde sin culpa.
No hacer nada… pero en el mejor sentido posible.
Porque no es vacío.
Es presencia.
Tal vez los clubes de barrio, con su simpleza, tengan más del Dolce Far Niente de lo que pensamos.
Nacieron a principios del siglo pasado, como espacios para encontrarse, para compartir, para hacer comunidad.
En esos lugares, sin saberlo, practicamos una forma de bienestar que no necesita nombre.
Solo tiempo.
Y ganas de quedarse un rato más.
Quizás también por ahí vaya lo que me interesa construir: espacios donde no haya apuro, donde simplemente con "estar" alcance 😍
Eso.
¿No estaría bueno?
Seguro que Doña Carola me diría:
“Si que estaría re bueno mamita! Si supieras cómo eran los bailes en el club en mis épocas… Todo el mundo esperaba ese momento para encontrarse y compartir la vida.
La vida se comparte.
Y eso del "dolce far niente"… suena a golosina. Pero ojo, no te empalagues…”
Un abrazo,
Gri 💕



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