Hay años que no se cierran con fuegos artificiales.
Se cierran en voz baja.
Desde el hogar. Entre brindis, mesas largas y mensajes que desean “lo mejor”, aparece una sensación menos nombrada: agotamiento. No siempre físico, muchas veces interno. Y no porque todo haya salido mal, sino porque vivir —simplemente vivir— también requiere renovar los planes y la esperanza.

En una cultura que insiste en cerrar ciclos, cumplir objetivos y arrancar el año nuevo con energía "renovada", las fiestas pueden transformarse en otra exigencia más. Como si el 31 de diciembre fuera un examen final y no una fecha simbólica. Tranquilos!
Tal vez este año convenga probar otra cosa o tomarlo de otra manera.
Las fiestas como pausa, no como evaluación
No todo tiene que estar resuelto antes de que cambie el calendario gregoriano.
No todo año deja balances claros, ni listas prolijas de logros.Hay años de tránsito, de espera, de acomodar piezas internas que no se ven desde afuera. Años en los que lo más valioso no fue lo que se consiguió, sino lo que se entendió… o lo que se soltó para seguir.
Cerrar el año no siempre significa concluir.
A veces significa detenerse.
Tan necesario como seguir la marcha.
Brindar la vida y la oportunidad
El cansancio suele vivirse como algo que hay que ocultar o corregir. Pero también merece ser reconocido. Porque es señal de que hubo entrega, intentos, emociones puestas en juego.
Elegir calma no es falta de espíritu navideño.
Descansar no es rendirse.
En tiempos donde todo empuja a “hacer más”, permitirse no hacer "de más" es un acto de autocuidado. Y eso también se celebra.
Imágen: LeonardoIA.
Gratitud sin obligación
La gratitud no necesita discursos grandilocuentes.
Puede ser simple, íntima, silenciosa, reflexiva.
Agradecer una conversación honesta.
Un límite puesto a tiempo.
Una intuición que protegió.
Un día tranquilo en medio del caos.
Una decisión tomada. Y no hay "malas decisiones".
No se trata de agradecerlo todo, sino de reconocer lo que nos sostuvo, incluso cuando no brilló como queríamos. A veces los eventos salen según el color que llevamos dentro. Y nos sirven para tomar envión la próxima vez.
Hacer menos, estar más
Las fiestas también pueden ser una invitación a vaciar un poco la agenda. A dejar espacios sin planes para dar lugar a lo que puede llegar. Empezando por recuperar gestos mínimos:
Caminar sin rumbo.
Mirar el cielo del verano.
Escribir sin intención de publicar.
Sentarse a la mesa sin apuro, sin celular, como en una buena sobremesa italiana.
Ese es, quizás, el verdadero dolce far niente: no la inactividad, sino la presencia sin exigirnos.
Año nuevo como umbral, no como largada
El 1º de enero no tiene por qué ser una carrera. ¿Dónde está escrito? ¿Qué es lo que empieza? ¿Empieza algo?
Puede que sea una puerta entreabierta.
No todas las decisiones necesitan tomarse ya, el 1º de enero.
No todas las respuestas llegarán con el inicio del año.
A veces, el mejor deseo para el año que empieza no es “más”, sino más liviano: menos ruido interno, menos prisa, más claridad.
Que estas fiestas no sean una meta a cumplir, sino una pausa para habitar todo lo que la vida nos brinda a diario.
Porque también se avanza cuando se descansa.
Y...
Por quienes ya no están en la mesa,
pero siguen presentes en cada gesto puro y humano.
Que su memoria sea faro y no ancla.
Doña Carola dice:
"Ay madre mía, si las personas supieran que invertir una hora diaria en el "Dolce far niente" potencia la cadena de producción en vez de pensar que se pierde el tiempo...
Después pagan cursos para aprender a relajarse… cuando siempre fue gratis."
Tal vez hoy no haga falta hacer nada más que sentarse, respirar y estar.
Si te quedás pensando, el texto cumplió su objetivo.

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